Trump no humilla a Zelensky, humilla al pueblo ucraniano y ruso y a toda la clase trabajadora: el imperialismo sin máscaras

Por Isabelino Montes

La diplomacia se desploma cuando la lucha por las riquezas de las naciones se intensifica. En la actual descomposición del capital y su eje imperialista estadounidense, la batalla entre las potencias capitalistas no traza polos completamente definidos. Todos los gobiernos en disputa comparten el mismo objetivo: impedir la caída de la sociedad capitalista. Pero, en este proceso, la sangre de la clase obrera es la primera en ser derramada.

La guerra en Ucrania, que tuvo su punto álgido en 2022 pero cuyas raíces se remontan a la anexión de Crimea en 2014, ha dejado un saldo de miles de muertos entre soldados rusos y ucranianos. Naciones Unidas estima que más de 10,000 civiles han fallecido, mientras que el número de heridos y desplazados se cuenta por cientos de miles. Sin embargo, el costo humano de esta confrontación imperialista sigue siendo minimizado por quienes, en los centros de poder, ven en el conflicto una oportunidad para la acumulación de capital.

En esta guerra no existen aliados claros, solo capitalistas enfrentándose por el control de mercados estratégicos. El gas natural, el acceso comercial entre Europa y Rusia y, ahora, el dominio de los recursos tecnológicos esenciales, como las tierras raras en Ucrania, son el verdadero botín. A diferencia de otras guerras imperialistas del siglo XX, la ausencia de organizaciones obreras revolucionarias capaces de hacer frente a estas dinámicas de explotación deja a la clase trabajadora aún más vulnerable ante la barbarie del capital.

Trump, Zelensky y la humillación de los pueblos

En este escenario, la reciente humillación del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky por parte de Donald Trump no es solo un acto de desprecio personal, sino un reflejo del sometimiento del pueblo ucraniano al poder imperialista estadounidense. Pero Zelensky no es un mártir ni un defensor de su pueblo. Como fiel representante de la burguesía ucraniana, ha servido de peón en la guerra imperialista, apoyando a grupos ultranacionalistas con respaldo del gobierno de Biden y los demócratas, quienes se presentan como defensores de la democracia mientras financian el fascismo en la región.

Sin embargo, más allá de los juegos de poder entre Trump y Biden, la realidad es que el pueblo ucraniano es quien queda humillado y sometido a los intereses del imperialismo. Mientras Biden utilizó la guerra como un negocio para la industria armamentista, Trump busca convertir a Ucrania en una colonia económica de EE.UU., asegurando que las compañías de extracción de minerales y seguridad sean estadounidenses. Todo esto ocurre mientras negocia con Vladimir Putin el reparto de las tierras raras ucranianas, clave para la competencia tecnológica contra China.

El cinismo imperialista no se detiene ahí. En Gaza, Trump y los republicanos promueven la ocupación de los territorios palestinos para su explotación económica, mientras que en Ucrania se aplican las mismas estrategias de rapiña. La desesperación de EE.UU. por mantenerse como potencia global lo empuja a una política de saqueo sin precedentes, donde los pueblos quedan como simples víctimas de la expansión del capital.

La crisis del imperialismo y la ausencia de una fuerza obrera revolucionaria

En este contexto de descomposición imperialista, la mayor debilidad de la clase trabajadora es la ausencia de un polo revolucionario que pueda hacer frente a la barbarie. En el pasado, los movimientos obreros organizados lograron frenar las agresiones de la burguesía. La Revolución de Octubre y el Tratado de Brest-Litovsk (1918) fueron ejemplos de cómo la clase trabajadora, al tomar el poder, pudo obligar a los imperialistas a negociar la paz. Del mismo modo, durante la Segunda Guerra Mundial, los movimientos obreros organizaron huelgas y resistencia contra el fascismo, contribuyendo a la caída de regímenes opresivos.

Hoy, sin embargo, la izquierda se encuentra atrapada dentro de los partidos burgueses, como los demócratas en EE.UU., sin capacidad de ofrecer una alternativa real. La política electoral de la democracia burguesa sigue siendo una trampa que mantiene a la clase trabajadora atada al mismo sistema que la oprime. Mientras los socialdemócratas y reformistas llaman a confiar en la política institucional, la burguesía sigue utilizando las guerras como mecanismos de acumulación.

Es evidente que la única alternativa para frenar el avance imperialista es la organización de la clase trabajadora a nivel internacional. La construcción de comités obreros y sindicatos combativos es una necesidad urgente. La historia ha demostrado que solo la movilización obrera puede poner un alto a las políticas de saqueo y guerra de la burguesía.

No podemos seguir esperando que los partidos burgueses resuelvan la crisis que ellos mismos han creado. La organización política independiente de la clase trabajadora es la única vía para enfrentar la ofensiva imperialista y defender los intereses de los pueblos frente al capital.

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