Shawn Fain: el burócrata sindical que vende la lucha obrera a Trump
Por Isabelino Montes
Las recientes declaraciones de Shawn Fain, presidente del sindicato United Auto Workers (UAW), no deberían sorprendernos, sino empujarnos a reflexionar sobre el estado de la organización obrera ante el avance del fascismo. Fain, un burócrata sindical de Estados Unidos, ha pasado años acomodándose a los intereses capitalistas, utilizando el sindicato automotriz como un mecanismo para canalizar votos hacia los partidos burgueses. Es un aristócrata obrero al servicio del bipartidismo en EE.UU., y sus acciones lo confirman.
El año pasado, bajo el mandato de Biden, Fain llevó al presidente ante los trabajadores de Ford para frenar una posible huelga que buscaba mejores aumentos salariales y defendía a los trabajadores más jóvenes. Ahora, luego de la campaña electoral apoyando a Biden, ha saltado a respaldar a Trump, apoyando los aranceles del 25% sobre automóviles fabricados en el extranjero. Fain considera que estas medidas ponen fin al desastre del libre comercio, pero sus palabras no son más que un disfraz para su oportunismo y afiliación con el fascismo.
Fain aplaude la iniciativa de la administración Trump con declaraciones como: "Aplaudimos a la administración Trump por tomar la iniciativa para poner fin al desastre del libre comercio que ha devastado a las comunidades trabajadoras durante décadas". Sin embargo, estas palabras contradicen la realidad: despidos masivos, recortes en servicios esenciales, reducción de salarios y el empuje hacia jornadas extenuantes de hasta 120 horas semanales, como propone el verdugo obrero Elon Musk. Fain cree, o finge creer, que los fascistas están del lado de la clase trabajadora, cuando en realidad sus políticas solo buscan exprimir aún más a los obreros/as.
En un intento de justificar su postura, Fain asegura que "al UAW y a la clase trabajadora, en general, les importa un bledo la política partidista". Sin embargo, esta afirmación es una falacia absoluta. La clase trabajadora no puede ignorar la política porque su vida está directamente determinada por las decisiones de los capitalistas y sus representantes en el gobierno. Además, es una mentira descarada, pues Fain ha estado inmerso en la política bipartidista para asegurar votos obreros.
La realidad es que el supuesto regreso del capitalismo industrial en EE.UU. es una ilusión. La lógica del capital dicta que, para ser competitivos en la guerra económica contra China, las empresas deben reducir al máximo el costo de la fuerza de trabajo. No es cuestión de deseos personales de Trump, sino una ley inherente a la reproducción del capital. Los aranceles no cambiarán la dinámica fundamental del capitalismo: la valorización de las mercancías y la búsqueda incesante de abaratamiento de costos. Las grandes corporaciones no se quedarán de brazos cruzados ante el encarecimiento de los productos importados; simplemente encontrarán formas de trasladar esos costos a los trabajadores y consumidores.
Fain se presenta como un defensor de la clase trabajadora, pero solo representa a un sector reducido: los trabajadores sindicalizados de la industria automotriz de EE.UU. Su perspectiva es puramente chovinista, limitándose a proteger a los trabajadores estadounidenses mientras el resto del proletariado mundial es explotado. El mercado laboral no es independiente de la industria automotriz; está interconectado con toda una cadena de producción que traslada la fabricación de piezas y ensamblaje a países donde la mano de obra es más barata y rentable para los capitalistas. Pretender resolver la crisis del capitalismo con proteccionismo económico es un intento obsoleto de hacer retroceder la rueda de la historia, cuando la verdadera solución es transformarla.
China, a menudo mencionada en estos debates, construyó su desarrollo productivo bajo un modelo de capitalismo de Estado que, en sus inicios, se basaba en la nacionalización de sectores estratégicos. Sin embargo, desde las reformas de Deng Xiaoping en 1978, el país se ha convertido en una economía capitalista donde la explotación obrera es la base de su crecimiento. Fain y los capitalistas estadounidenses sueñan con competir con China, pero ignoran que el capitalismo estadounidense ya ha evolucionado hacia una fase transnacional donde el capital financiero domina sobre la producción industrial. La idea de revitalizar la industria automotriz estadounidense es un espejismo dentro de un sistema que ya no puede sostener a la mayoría de la población trabajadora.
La única solución viable no es volver a un capitalismo industrial que ya quedó atrás, sino avanzar hacia una planificación económica racional basada en las necesidades de la sociedad y no en la acumulación de capital. Esto implica medidas como la nacionalización de industrias estratégicas, la eliminación de la privatización de servicios esenciales, el fortalecimiento de la educación y la salud pública, y la implementación de impuestos progresivos sobre las ganancias capitalistas en lugar de aranceles que solo castigan a la clase trabajadora.
El sindicalismo tradicional, tal y como existe en EE.UU., ha llegado a su límite. Sindicalistas como Fain no pueden ofrecer nada más que la entrega de los trabajadores a los dictámenes del capital. La clase obrera debe superar estos límites y construir comités de trabajadores que articulen una alternativa política independiente del bipartidismo burgués. Solo así se podrá recuperar el verdadero papel de la organización obrera: luchar por una transformación radical de la sociedad y la economía en favor de los trabajadores/as y no de los capitalistas.