La independencia no es un juego de abogados: el pueblo trabajador debe ser protagonista

Por Bianca Morales

Sigue ardiendo el debate en torno al documento creado por un grupo de independentistas que, bajo la lógica de la presión jurídica, buscan provocar a la administración de Donald Trump para empujar la descolonización de Puerto Rico. No sorprende que este documento haya destapado temores en la prensa burguesa y colonial, ni que la llamada "izquierda" se mantenga en el plano superficial del debate, sin tocar de frente los verdaderos intereses de la clase trabajadora.

Lo revelador es que en medio de todo este revuelo se confirme lo que trabajadores y trabajadoras venimos denunciando hace tiempo: la participación de figuras como Rolando Emmanueli, uno de los artífices del documento. Emmanueli no es cualquier abogado, sino un especialista en la Ley PROMESA y un conocedor del andamiaje jurídico colonial. Ha representado a sindicatos como la UTIER y a los maestros, pero su intervención en estos espacios no ha sido para organizar a la clase trabajadora hacia la lucha política real, sino para encaminarla —una vez más— hacia la trampa de los tribunales estadounidenses.

Emmanueli arrastró a la UTIER a un proceso jurídico que desde el inicio no tenía posibilidad alguna ante la dictadura fiscal impuesta por la Junta de Control. Su apuesta fue desviar la fuerza obrera hacia los tribunales, sembrando la confianza en el aparato legal de la misma clase capitalista que nos oprime.

Desde la óptica de clase, esa jugada no es ni antiética ni inmoral para los intereses de la burguesía: es su forma de operar. El verdadero problema radica en que estos sectores reformistas siguen arrastrando a los trabajadores y trabajadoras a confiar en los mismos mecanismos del Estado colonial y capitalista, predicando la retórica vacía de la lucha legal mientras nos atan de pies y manos ante el aparato represivo.

En este contexto, Wilda Rodríguez —periodista con larga trayectoria en el sector independentista— interviene en la discusión con su artículo Una guerrilla de nerds sacude a independentistas y colonialistas en Ey Boricua. En él, aunque intenta guardar equilibrio, termina validando a este grupito de intelectuales que se autoproclaman como estrategas de la independencia. Rodríguez asegura conocer de cerca a los autores y reconoce su "profundidad intelectual" y "su intrepidez calculada".

No obstante, su crítica a los que acusan al documento de antidemocrático resulta superficial. Wilda plantea la obviedad de que no puede hablarse de democracia en una colonia, pero evita profundizar en el carácter profundamente antidemocrático del propio documento: no solo porque no pasa por la consulta del pueblo, sino porque ignora por completo la necesidad de crear una organización política real donde la clase trabajadora construya su propio camino hacia la autodeterminación.

En cambio, este "plan" se reduce a una propuesta de asamblea constituyente —¿dirigida por quién?— ¿Por esta misma guerrilla de intelectuales que se creen con el derecho de decidir por todos y todas? Mientras entretienen al país con debates jurídicos y constitucionales, callan lo verdaderamente importante: los acuerdos económicos que se esconden detrás de este movimiento y el riesgo de que este juego termine siendo otro salvavidas para el capital en crisis.

Mientras el capitalismo estadounidense colapsa y el fascismo se fortalece, este documento aparece como un regalo en bandeja de plata a un gobierno que solo necesita una excusa para reprimir y aplastar cualquier intento de autodeterminación que no esté bajo su control. Porque, al final, estos sectores no sufren las consecuencias. No les importa si la independencia burguesa mantiene intacto el sistema de explotación. Ellos no viven del salario, no sienten el látigo del hambre ni el desempleo.

El escrito de Wilda, aunque intenta proyectar cierto balance, termina siendo un reflejo del elitismo de ese sector: reconociendo a los autores como revolucionarios intelectuales, pero sin atreverse a romper con ellos ni a defender una verdadera salida democrática donde la clase obrera sea la protagonista.

Ese es el vaivén donde la burguesía independentista nos mantiene atrapados hace décadas: discursos llenos de grandes palabras y ninguna acción real que coloque a la clase trabajadora al frente de la lucha por la autodeterminación.

Por eso, la tarea inmediata y urgente es la organización política de la clase trabajadora. Levantar comités de base en los barrios, en los centros de trabajo y en cada espacio donde el pueblo pobre y obrero pueda construir un verdadero proyecto de independencia bajo sus propios intereses. La independencia no puede ser un negocio entre abogados y reformistas dispuestos a negociar con fascistas desesperados por sostener su imperio a costa de la miseria obrera.

Nos corresponde rechazar de raíz estas salidas elitistas y asumir la tarea histórica de la autodeterminación nacional desde la clase trabajadora y para la clase trabajadora. Porque si no es el pueblo quien construya su liberación, solo nos espera otra traición.

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